En Ucrania, a partir del 1 de septiembre, estarán en funcionamiento más de 11 600 centros de educación infantil, de los cuales 1 100 funcionarán en formato mixto y 1 200 a distancia, según informa el Ministerio de Educación y Ciencia.
«En Ucrania, a partir del 1 de septiembre estarán en funcionamiento 11 622 centros de educación preescolar: 9 301 presenciales, 1 111 en formato mixto y 1 210 a distancia. Este año, 712 987 niños comenzarán sus estudios en los centros de educación preescolar. Todos los centros de educación infantil que funcionan de forma presencial o en formato mixto disponen de acceso a refugios», se indica en el comunicado del ministerio.
Al mismo tiempo, se señala que la evolución en el equipamiento de los centros de educación infantil con refugios es significativa.
Así, mientras que en 2022 el 56,1 % de los centros de educación infantil disponía de refugios, actualmente el 83 % cuenta con ellos directamente en el recinto o a una distancia de hasta 100 metros.
El ministerio ha informado de que, en 2026, se prevé por primera vez una subvención estatal para la habilitación de refugios en centros de educación preescolar por un importe total de 1 000 millones de hryvnias, de los cuales más de 972 millones de hryvnias se han destinado a 18 proyectos en nueve regiones.
«De conformidad con la Ley “Sobre el uso del inglés en Ucrania” y la Ley “Sobre la educación preescolar”, a partir del 1 de septiembre de 2026, el aprendizaje del inglés en los grupos de mayor edad (para niños de entre 5 y 6 años) pasará a ser un componente obligatorio del proceso educativo en todos los centros de educación preescolar», recordaron desde el Ministerio de Educación.
Allí señalaron que el aprendizaje del inglés en la guardería consiste, ante todo, en un acercamiento suave al idioma a través del juego, y no en «clases» en el sentido clásico del término.
En concreto, para los niños de entre 5 y 6 años, la duración óptima de las sesiones es de 20 a 25 minutos, con un cambio de actividad cada 5 a 7 minutos, lo que permite mantener la atención y el interés de los niños.
El juez de la Sala Plena del Tribunal Supremo, Lev Kishakevich, quien, según los resultados del concurso, fue designado candidato principal de Ucrania para su elección como juez de la Corte Penal Internacional (CPI), no domina las lenguas de trabajo de la CPI —el francés y el inglés— al nivel requerido, según se indica en un documento de la CPI.
En el informe del Comité Consultivo para la Nombramiento de Jueces, publicado en la página web de la CPI y fechado el 5 de agosto de 2026, se señala, en particular, que el Estatuto de Roma exige que los candidatos a jueces dominen con soltura las lenguas de trabajo de la CPI, y que el candidato de Ucrania no domina el francés ni posee el nivel adecuado de inglés para desempeñar las funciones de juez de la Corte.
«El Comité lamenta que las competencias lingüísticas del candidato, demostradas durante la entrevista, no le hayan permitido evaluar adecuadamente su cualificación e idoneidad para el cargo, de conformidad con el artículo 36 del Estatuto de Roma», reza el documento.
El Comité llegó a la conclusión de que «el candidato no cumple los requisitos de cualificación para ser nombrado juez de la Corte Penal Internacional».
Según el comunicado de la CPI, la evaluación general de la idoneidad del candidato para el cargo de magistrado resultó, por tanto, incompleta debido a sus limitaciones lingüísticas.
«El Comité determinó que las limitaciones lingüísticas del candidato le impedirían contribuir de forma inmediata a la labor de la Corte», se señala en el documento.
La agencia «Interfax-Ucrania» se dirigió al Tribunal Supremo para solicitarle que comentara esta situación.
El 1 de enero de 2025, Ucrania se convirtió oficialmente en el 125.º Estado parte del Estatuto de Roma de la CPI. De este modo, de conformidad con el Estatuto, Ucrania, al igual que cualquier otro Estado parte, puede presentar un candidato para formar parte de la CPI.
Según informó el Tribunal Supremo, el 8 de abril de 2026, la comisión de selección encargada de elegir al candidato que Ucrania presentaría para su elección como juez de la CPI, tras los resultados de las entrevistas con los participantes en el proceso de selección celebradas del 24 al 26 de marzo, designó al candidato principal de Ucrania para su elección como juez de la CPI. Este fue Lev Kishakevich, juez de la Gran Sala del Tribunal Supremo.
Fuente: https://asp.icc-cpi.int/sites/default/files/asp_docs/Report%20ACN.05Aug26.1000.pdf
https://asp.icc-cpi.int/sessions/documentation/25th-session#documentation
El candidato domina bien el inglés, lee documentación a diario, se comunica por correo electrónico con sus compañeros y ve vídeos profesionales sin subtítulos. En la entrevista le piden que hable brevemente sobre sí mismo y, de repente, su respuesta se desmorona: demasiados detalles, varias pausas largas, una transición poco acertada entre temas.
Esto no significa necesariamente que el nivel de inglés sea demasiado alto. La entrevista no solo evalúa el inglés. Al mismo tiempo, exige recordar la experiencia pertinente, elegir el mejor ejemplo, construir una respuesta lógica, estar atento a la reacción del entrevistador y hablar bajo la presión de la evaluación.
En una conversación laboral habitual, esta combinación no suele darse. Por eso mismo, conviene prepararse para la entrevista como si se tratara de una situación profesional específica.
Los reclutadores pueden formular las preguntas de diversas maneras, pero los temas principales se repiten. Se pide al candidato que explique su experiencia, que mencione sus puntos fuertes, que hable de un proyecto complejo, un conflicto, un error, una decisión fallida o una situación en la que le faltara tiempo.
Esto es una buena noticia. No hace falta adivinar cada posible frase. Basta con preparar un pequeño repertorio de historias profesionales que se puedan adaptar a diferentes preguntas.
Por ejemplo, una historia sobre la puesta en marcha de un proyecto puede mostrar liderazgo, gestión de riesgos, comunicación con el equipo y capacidad para actuar en condiciones de incertidumbre. Otra, sobre un error, puede demostrar responsabilidad y cómo el candidato modifica el proceso tras un fracaso.
La peor estrategia aquí no es la falta de un inglés perfecto. Es mucho más peligroso mencionar el ejemplo adecuado por primera vez solo después de que el reclutador haya formulado la pregunta.
Las entrevistas conductuales suelen girar en torno a preguntas del tipo «Cuéntame una ocasión en la que…» o «¿Puedes darme un ejemplo de…?».
Para este tipo de respuestas, resulta útil utilizar la lógica STAR: situación, tarea, acción, resultado. No debe sonar como una fórmula memorizada. Su sentido es más sencillo: evitar que el candidato se pierda en los antecedentes y se olvide de cómo terminó todo.
Una respuesta débil suele ser así: la persona describe largo y tendido la empresa, el equipo, el contexto y las acciones de los demás, mientras que su propia decisión la resume en una sola frase. El entrevistador escucha muchos detalles, pero no entiende qué hizo exactamente el candidato.
Es mejor distribuir la atención de otra manera:
La frase «We successfully completed the project» no dice casi nada sobre la contribución de la persona. Es mucho más útil explicar qué es lo que cambió exactamente: se acortó el plazo, se redujo el número de errores, el cliente aceptó la solución, el equipo evitó que se repitiera el problema.
Prepararse no significa que haya que escribir veinte respuestas y aprendérselas palabra por palabra.
Un monólogo memorizado se reconoce fácilmente. El candidato habla de forma demasiado monótona y, tras una pregunta de aclaración, pierde el ritmo porque la conversación se ha salido del guion. Además, los textos largos preparados suelen contener vocabulario que la persona no utiliza de forma natural.
Es más práctico preparar un esquema:
● la idea clave;
● dos o tres datos;
● los términos profesionales necesarios;
● una breve conclusión.
De este modo, la respuesta sonará cada vez un poco diferente, pero no se desmoronará. Esto se acerca más a una entrevista real, en la que el reclutador puede interrumpir, aclarar un detalle o pasar a la siguiente pregunta antes de lo que esperaba el candidato.
La pregunta Tell me about yourself parece sencilla, por lo que a menudo se subestima. La persona empieza por la universidad, repasa toda su trayectoria profesional y, al cabo de unos minutos, aún no ha llegado a explicar por qué se ha presentado precisamente a este puesto.
Por lo general, el entrevistador no necesita la historia completa de tu vida, sino el contexto profesional. Una buena respuesta dura aproximadamente uno o dos minutos y relaciona tres aspectos:
● a qué te dedicas actualmente;
● qué experiencia se ajusta mejor al puesto;
● por qué dar el siguiente paso aquí es lo más lógico.
Por ejemplo, en lugar de enumerar todos los puestos de trabajo, puedes centrarte en los últimos años, el tipo de proyectos y las responsabilidades que te gustaría ampliar.
Esto ayuda al reclutador a formarse rápidamente una idea completa del candidato. Además, reduce el riesgo de que los argumentos principales se pierdan en algún punto entre las primeras prácticas y un puesto que ya no es relevante.
En una entrevista, el vocabulario activo suele reducirse. La persona sabe cuál es la palabra adecuada, pero no es capaz de recordarla en el momento preciso. Empieza a construir frases demasiado largas, pierde el hilo o se corrige varias veces.
Es una reacción normal ante la presión. Combatirla solo repitiendo la gramática no resulta muy eficaz.
Lo que ayuda son los ensayos que imitan el ritmo real y la imprevisibilidad de la situación. No basta con leer las respuestas en voz alta, sino que hay que pedir al interlocutor que haga preguntas de aclaración, cambie el orden de las preguntas y te interrumpa de vez en cuando.
También resulta útil practicar frases que te den unos segundos para pensar:
That’s a good question. Let me think of the most relevant example.
There are two parts to my answer.
The main challenge was…
Esto no es una forma de disimular un nivel bajo de inglés. Estas construcciones ayudan a estructurar la respuesta y a no rellenar la pausa con palabras al azar.
Los candidatos suelen intentar encontrar un punto débil «seguro» que, en realidad, suene como una ventaja: exceso de responsabilidad, perfeccionismo o ser demasiado exigente consigo mismo.
Los reclutadores han oído estas respuestas cientos de veces. Será más valioso un defecto real, pero controlado: la situación en la que se manifestó y un cambio concreto en el comportamiento.
Un principio similar se aplica a los errores. No es necesario elegir una catástrofe que ponga en duda la idoneidad profesional.
Pero la respuesta «No se me ocurre ningún error grave» tampoco resulta convincente. Más bien denota una falta de voluntad para analizar el propio trabajo.
Una respuesta sólida no justifica el error ni lo achaca al equipo. Explica lo que el candidato hizo después de cometerlo.
Incluso las personas que responden bien a las preguntas profesionales se quedan sin palabras a la hora de hablar de la remuneración. En este caso, hay que ser a la vez educado, concreto y no aceptar nada a la primera.
Conviene preparar de antemano cómo expresar la cantidad esperada, aclarar la estructura de la remuneración y pedir tiempo para estudiar la oferta.
Por ejemplo:
Teniendo en cuenta el alcance del puesto y mi experiencia, estoy barajando un rango de…
¿Podría darme más detalles sobre la estructura de las bonificaciones y el ciclo de revisión?
Gracias por la oferta. ¿Podría disponer de dos días para revisar los detalles?
Una persona puede conocer todas estas palabras por separado, pero sin ensayar, decirlas con naturalidad resulta mucho más difícil. El dinero, al parecer, añade tensión gramatical a la conversación sin ningún tipo de autorización por parte del MCER.
Una preparación eficaz para una entrevista en inglés no se reduce a una lista de frases correctas. Es necesario recopilar ejemplos propios, aprender a mantener la estructura y ensayar la conversación varias veces en condiciones similares a las reales.
Antes de la entrevista, conviene comprobar:
● si puedes explicar brevemente tu perfil profesional;
● si tienes varias anécdotas sobre resultados, dificultades, conflictos y errores;
● si expresas con claridad tu propia aportación;
● si estás preparado para preguntas de aclaración;
● si puedes hablar del salario y plantear tus propias preguntas al empleador.
Una entrevista eficaz no requiere un acento impecable ni construcciones complejas en cada frase. Para el entrevistador es más importante comprender rápidamente tu experiencia, la lógica de tus decisiones y tu idoneidad para el puesto.
Por eso, no hay que ensayar «el inglés en general», sino tu propia trayectoria profesional. Es precisamente esta la que tendrás que contar de forma convincente cuando aparezca en pantalla una persona que aún no sabe nada de ti.
La pregunta «¿en cuánto tiempo se puede mejorar el inglés para el trabajo?» casi siempre suena como si existiera una cifra correcta. Tres meses, medio año, un año. Solo hay que fijar un plazo y el plan está listo.
En realidad, primero hay que responder a una pregunta menos cómoda: ¿qué significa exactamente «para el trabajo» en tu caso?
Un contable que lee cartas de la sede central necesita un conjunto de habilidades. Un responsable de ventas que negocia con nuevos clientes, otro. Un desarrollador puede leer con soltura documentación de nivel B1, pero sentirse perdido en una breve reunión de stand-up. Un directivo con un B2 formal puede llevar a cabo sin problemas una presentación preparada y, al mismo tiempo, evitar los debates posteriores a la misma.
Por eso, el nivel operativo no viene determinado por una bonita letra en un certificado, sino por lo que la persona es capaz de hacer en inglés sin ayuda constante.
No es casualidad que el B2 se utilice a menudo como referencia para el trabajo internacional. Según la descripción del MCER, una persona de este nivel comprende las ideas principales de textos complejos, puede debatir temas de su especialidad, explicar sus puntos de vista y comunicarse con suficiente espontaneidad.
Es un buen hito general, pero no un pase universal para cualquier situación profesional.
Para trabajar con tareas escritas previsibles, a veces basta con un B1 sólido. Para negociaciones, intervenciones públicas, conversaciones de carácter jurídico o la dirección de un equipo internacional, puede ser necesario un B2+ o un C1. Además, el nivel general no refleja hasta qué punto una persona domina el idioma específico de su profesión.
Por eso, el objetivo de «obtener el B2» solo resulta útil cuando va acompañado de una lista de acciones concretas. Por ejemplo: participar en reuniones, explicar retrasos, escribir a los clientes, realizar demostraciones y responder a preguntas sin un texto preparado.
Cambridge English ofrece una referencia aproximada: pasar de un nivel del MCER al siguiente suele requerir unas 200 horas de aprendizaje guiado. No es una ley de la naturaleza ni una garantía. La rapidez depende del nivel de partida, la experiencia previa, la intensidad, la regularidad, la edad, la calidad de la práctica y el contacto con el idioma fuera de las clases.
Es especialmente importante entender bien el término «horas».
Esta referencia se refiere a las clases y al aprendizaje guiado. No significa 200 horas de visionado pasivo de vídeos. La práctica individual fuera de clase, la lectura, la comprensión auditiva, la expresión escrita y el uso real del idioma también influyen en la velocidad, pero Cambridge los tiene en cuenta como uno de los factores, y no como una parte garantizada de cada una de esas 200 horas. Si una persona asiste a clase dos veces por semana, pero apenas utiliza el inglés entre clases, el proceso llevará más tiempo.
Incluso las cuentas son un poco engañosas en este caso.
Dos horas de clase a la semana suman unas 100 horas al año, sin contar vacaciones ni ausencias. La práctica adicional y regular puede acelerar considerablemente el progreso. Por el contrario, las pausas prolongadas obligan a dedicar parte del tiempo a repasar material que ya se conocía.
Para una persona con un nivel B1 sólido que necesita alcanzar un B2 general, a menudo conviene planificar no unas pocas semanas, sino muchos meses de trabajo constante. Si el punto de partida es el A2, el camino es más largo, ya que hay que superar al menos dos etapas importantes.
Pero aquí también hay una matización importante. Se puede alcanzar la capacidad operativa antes de alcanzar el nivel completo en todas las habilidades.
Supongamos que un profesional tiene el nivel B1 y que, en dos meses, debe empezar a participar en reuniones semanales. En ese plazo, es poco probable que consiga pasar completamente al nivel B2. En cambio, sí se puede practicar la estructura de un informe breve, las aclaraciones, las preguntas de confirmación, la explicación de los obstáculos y el resumen de los acuerdos. La persona aún no ha dominado todo el siguiente nivel, pero ya realiza mejor una tarea laboral concreta.
Esto no es eludir el sistema. Simplemente, el nivel general y la preparación para un escenario concreto miden cosas diferentes.
La empresa decide «elevar el departamento al nivel B2 en medio año» y forma un único grupo. Tras las pruebas, resulta que parte de los empleados tiene el nivel A2, otra parte el B1, y dos ya trabajan casi al nivel B2. Todos reciben el mismo calendario y el mismo programa, aunque la distancia hasta el objetivo es diferente.
Al cabo de unos meses, a los más avanzados les resulta aburrido, a los más débiles les va demasiado rápido, y la dirección, al ver resultados desiguales, llega a la conclusión de que la formación es ineficaz.
El problema surgió incluso antes de la primera sesión. Se fijó el plazo antes de determinar el nivel inicial y las necesidades laborales.
Una planificación adecuada comienza con un diagnóstico. A continuación, se distribuye a los empleados por niveles similares, se definen con precisión las tareas de cada función y solo entonces se elabora el calendario. A veces, la empresa realmente necesita el B2 para todos. Pero lo más habitual es que el departamento de ventas necesite habilidades de negociación, el equipo técnico, explicaciones precisas, y los directivos, saber gestionar las objeciones y realizar presentaciones.
La regularidad casi siempre es más importante que los esporádicos brotes de motivación. Tres horas cada dos semanas parecen algo serio en el calendario, pero tienen un efecto menor que una práctica más breve varias veces a la semana.
También ayuda una conexión clara con la vida real. Cuando una persona practica una frase hoy y la utiliza mañana en una reunión, el contenido se asimila mejor que un tema que quizá le sirva en un futuro indefinido.
La mayoría de las veces se pierde tiempo por tres motivos: un horario irregular, un aprendizaje sin un objetivo claro y el intento de seguir un programa que no se ajusta al nivel actual.
Antes de contar los meses, conviene analizar los niveles de inglés, determinar tu punto de partida y describir las situaciones para las que necesitas el idioma.
A partir de ahí, la previsión resulta mucho más realista. No «inglés fluido en tres meses», sino, por ejemplo, «en tres meses, aprender a mantener una breve conversación formal por teléfono y, a lo largo de un año, avanzar de forma sistemática del B1 al B2».
Este plan suena más modesto que una promesa publicitaria. A cambio, se puede llevar a la práctica, en lugar de limitarse a un impulso del momento en el que se realiza el pago.
En el currículum figura el nivel B2. Se ha superado el examen. Las cartas en inglés se leen sin especial dificultad, la documentación se entiende bien y la prueba escrita no da miedo. Pero luego llega la primera llamada con un cliente y todo cambia: la persona habla menos de lo que tenía previsto, pierde el momento para responder o asiente cuando lo que quería era aclarar algo o llevar la contraria.
Esto no significa necesariamente que el nivel de inglés esté sobrevalorado. Lo más habitual es que la calificación B2 simplemente no refleje todo el perfil lingüístico de la persona.
El MCER describe el nivel no mediante una sola habilidad, sino mediante un conjunto completo de destrezas: lectura, comprensión auditiva, expresión escrita, expresión oral e interacción con otras personas. Estas pueden estar desarrolladas de forma desigual. Una persona puede leer con seguridad textos especializados y redactar cartas, pero reaccionar más lentamente en una conversación en vivo.
Al mismo tiempo, el nivel B2 no debe considerarse un nivel puramente académico o «de libro de texto». Implica participar en debates, argumentar, aclarar puntos, realizar presentaciones e interactuar de forma espontánea. El problema radica en otra cosa: la mención en el currículum no refleja hasta qué punto estas habilidades están automatizadas y entrenadas precisamente en situaciones laborales.
En el trabajo, el inglés casi nunca aparece en el entorno estéril de un examen. Se presenta en forma de un breve informe en una reunión, una demostración de un producto, una discusión sobre plazos, una pregunta compleja de un cliente o la necesidad de mostrar desacuerdo de forma educada.
Por ejemplo, la frase «We may need to revisit the timeline» puede entenderse al pie de la letra. Pero durante una conversación real, también hay que reconocer la intención del interlocutor, aclarar rápidamente su postura y proponer el siguiente paso. Para todo ello solo hay unos segundos.
El ritmo de la conversación plantea una dificultad añadida. Por escrito, se puede elegir la palabra adecuada, revisar la frase y modificar una expresión demasiado brusca. En una llamada no hay tiempo para esas pausas. Especialmente cuando participan varias personas en la conversación, los interlocutores se interrumpen entre sí, hablan a ritmos diferentes o tienen una pronunciación poco habitual.
Por eso, un profesional puede entender perfectamente el contenido de la conversación y tener una postura profesional sólida, pero no dar abasto para intervenir en el debate. Desde fuera, a veces esto puede parecer falta de seguridad o pasividad, aunque la verdadera razón radica en la falta de práctica en la interacción oral.
Existe otro nivel de complejidad: la comunicación laboral no se reduce únicamente a las palabras y la gramática. Es necesario comprender hasta qué punto se puede contradecir abiertamente, cómo suavizar una negativa, cuándo es apropiado interrumpir al interlocutor y cómo comprobar que todos hayan entendido la decisión de la misma manera.
Por eso mismo, el curso de inglés de negocios no debe basarse en listas de términos profesionales, sino en situaciones reales: llamadas con clientes, presentaciones, debates sobre plazos, objeciones, negociaciones y noticias complejas que hay que comunicar correctamente.
Es útil practicar no solo la respuesta correcta, sino también la rapidez de reacción.
¿Es capaz la persona de pedir una aclaración sin perder el tono de seguridad? ¿Sabe mostrar su desacuerdo de forma educada? ¿Es capaz de intervenir en una conversación con varios participantes? ¿Puede resumir brevemente, al final, la decisión y los pasos a seguir?
Para un profesional, la diferencia es totalmente práctica. Un nivel B2 en el currículum puede ayudar a superar la selección inicial. Un nivel B2 que se pone en práctica durante una llamada permite participar plenamente en la toma de decisiones, comunicarse con los clientes y asumir funciones profesionales más complejas.
La distancia entre estos dos niveles no se acorta con una nueva entrada en el currículum, sino con la práctica en las situaciones adecuadas. Allí donde el inglés deja de ser una asignatura y se convierte en una herramienta de trabajo.
La pregunta «¿qué nivel de inglés se necesita para trabajar en el extranjero?» parece muy sencilla. Como si bastara con abrir una tabla, buscar tu profesión, ver junto a ella B1, B2 o C1 y hacer las maletas tranquilamente. Pero en la vida real todo es un poco más complicado. Y, por suerte, no es tan complicado como a veces parece.
Para la mayoría de los profesionales que planean trabajar en el extranjero o en un entorno internacional, el punto de referencia principal es el nivel B2 según la escala del MCER. Es el momento en el que el inglés deja de ser una asignatura escolar y se convierte en una herramienta de trabajo. Una persona puede mantener una conversación, explicar su opinión, hacer preguntas aclaratorias, escribir una carta, entender a sus compañeros en una reunión y no quedarse bloqueada cada vez que alguien habla más rápido que el locutor de un audio didáctico.
Pero es importante no exagerar. El nivel B2 no significa «hablar como un nativo». No implica necesariamente una pronunciación perfecta, una gramática impecable ni un vocabulario para todas las situaciones de la vida, incluidas las sutilezas de la ironía británica. El B2 es autonomía en el trabajo. Puedes realizar tus tareas en inglés sin necesidad de tener un traductor constante en tu cabeza o a tu lado.
El nivel B1 tampoco hay que descartarlo. Con él se puede trabajar en muchos puestos, sobre todo si la comunicación no es una parte fundamental del puesto. Por ejemplo, si las tareas son más técnicas, repetitivas o están vinculadas a instrucciones claras. Pero el B1 suele suponer un techo. La persona parece poder trabajar, pero le cuesta más superar las entrevistas de trabajo, se adapta más lentamente, evita las conversaciones complejas y no siempre puede demostrar su verdadero nivel profesional. Tiene los conocimientos, tiene la experiencia, pero el inglés se interpone en la puerta, como un portero de discoteca: «Hoy no se pasa».
C1 no es necesario para todo el mundo. Es un nivel para aquellos para quienes el idioma es una de las principales herramientas de trabajo. Gestión, ventas, consultoría, RR. HH., docencia, negociaciones, discursos públicos, trabajo con documentación de gran complejidad. Allí donde no basta con «transmitir una idea», sino que hay que influir, convencer, suavizar conflictos, hacer presentaciones, mantener debates complejos y reaccionar rápidamente ante los matices.
Uno de los errores más comunes antes de la reubicación es confundir el inglés para la entrevista de trabajo con el inglés para el trabajo. Son dos mundos diferentes, aunque estén muy cerca el uno del otro.
La entrevista de trabajo es un género en sí mismo. Allí hay que saber hablar de uno mismo, explicar la experiencia, describir los puntos fuertes, responder a preguntas incómodas, no dejarse llevar por el estrés y no empezar una frase con «How to say…» cinco veces seguidas. Es posible prepararse para una entrevista de trabajo bastante rápido, si ya se tiene un nivel básico. Se pueden repasar las preguntas típicas, aprender el vocabulario propio del sector, ensayar las respuestas y recopilar algunas anécdotas destacadas sobre la experiencia.
Pero luego empieza el trabajo diario. Y ahí es donde el inglés muestra su verdadera naturaleza.
En el trabajo hay que entender a compañeros con diferentes acentos. Uno habla rápido, otro se traga la mitad de las palabras, un tercero utiliza jerga y un cuarto escribe mensajes como si estuviera ahorrando letras para sus nietos. Hay que leer documentos internos, participar en reuniones, reaccionar ante los cambios, acordar plazos, aclarar tareas y, a veces, decir «no estoy de acuerdo» de forma que suene profesional y no como un desastre diplomático.
Por eso, muchas personas, tras mudarse, experimentan un extraño contraste: han superado la entrevista, han conseguido el trabajo, pero los primeros meses siguen siendo difíciles. No porque su nivel sea «malo», sino porque no se han preparado para esas situaciones concretas. Se han preparado para entrar, pero no para la vida dentro de la empresa.
Otra trampa es la autoevaluación. Especialmente en quienes llevan mucho tiempo leyendo en inglés, viendo vídeos, series o escuchando podcasts. La comprensión pasiva suele crecer más rápido que la expresión activa. Una persona puede entender perfectamente un artículo, pero quedarse bloqueada cuando tiene que explicar su opinión en una llamada en 20 segundos. En ese momento, el cerebro se comporta como un ordenador antiguo con 47 pestañas abiertas: parece que todo está ahí, pero nada se abre a tiempo.
Por eso, antes de la reubicación, es útil no limitarse a pensar «estoy más o menos en el nivel intermedio», sino comprobar con honestidad el nivel según el MCER. Y es recomendable evaluar no solo la gramática, sino también la expresión oral, la comprensión auditiva, la expresión escrita y los escenarios prácticos. Porque una persona puede conocer los tiempos verbales, pero no ser capaz de mantener con seguridad una breve conversación telefónica. O hablar bien sobre temas cotidianos, pero perderse con la terminología profesional.
El nivel de inglés depende tanto del país como del sector. En algunas empresas, el inglés será el idioma principal de comunicación. En otras, solo se necesita para la documentación, la correspondencia o los contactos con clientes internacionales. En las grandes ciudades y en los equipos internacionales, los requisitos suelen ser más exigentes. En las empresas locales, a veces basta con un nivel más bajo, pero para el crecimiento profesional, el inglés acaba cobrando importancia rápidamente.
En los sectores de TI, finanzas, marketing, logística, medicina, educación, servicios o gestión, los requisitos también varían. Por ejemplo, a un desarrollador a veces le basta con comprender con seguridad las tareas, escribir mensajes breves y participar en las reuniones diarias. En cambio, un gestor de proyectos necesita el idioma para negociaciones, situaciones conflictivas, presentaciones, informes y para explicar decisiones complejas. Formalmente, ambos pueden tener un nivel B2, pero el contenido de ese B2 será diferente.
Aquí es donde empieza lo más importante: no hay que prepararse para el «inglés en general», sino para el inglés específico de un puesto concreto. Si tienes pensado trabajar en el ámbito de la atención al cliente, debes practicar diálogos reales, reclamaciones, aclaraciones y formulaciones corteses. Si te dedicas a las tecnologías de la información, necesitarás reuniones, debates técnicos, informes de estado, correspondencia y entrevistas de trabajo. Si tu objetivo es un puesto directivo, debes centrarte en la argumentación, las presentaciones, las negociaciones y la precisión en la formulación.
Business Language estructura esta preparación de forma sistemática: primero se determina el nivel real, luego el objetivo, y a continuación el programa se adapta a aquellas situaciones con las que la persona se encontrará realmente tras su traslado o en un trabajo internacional. No se trata de un «curso de conversación» abstracto, en el que hoy se habla de comida, mañana del tiempo y pasado mañana de los mapaches felices de Canadá. Sino de una preparación práctica para escenarios laborales concretos.
El nivel ideal de inglés para trabajar en el extranjero no es aquel que queda bien en el currículum. El nivel ideal es aquel que te permite realizar tu trabajo, establecer relaciones con tus compañeros, superar entrevistas de trabajo, no quedarte callado en las reuniones y no perder oportunidades solo por la barrera del idioma.
Para empezar, a muchos les basta con B1+, si el puesto no requiere una comunicación compleja. Para un trabajo estable y un desarrollo profesional, la mejor referencia es B2. Para puestos directivos, de atención al cliente y de cara al público, conviene aspirar a C1.
Lo principal es no esperar a que tu inglés sea «perfecto». Ese momento a menudo no llega ni siquiera para los estudiantes más destacados. Es mejor definir con honestidad tu objetivo, comprender la diferencia entre tu nivel actual y el que necesitas, y luego practicar precisamente aquellas habilidades que te darán los mejores resultados.
Porque la reubicación y el trabajo en el extranjero no son un examen de idiomas para sacar una buena nota. Es la vida real, donde el inglés no debe brillar en una estantería, sino funcionar. Como una buena herramienta: en el momento adecuado.
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