El Parlamento de Hungría eligió al expresidente del Tribunal Supremo András Baka como nuevo presidente del país, lo que se convirtió en otra etapa importante de la reestructuración del sistema político húngaro tras el fin de los 16 años de gobierno de Viktor Orbán.
El 11 de agosto, 140 diputados votaron a favor de la candidatura del jurista de 73 años y seis se pronunciaron en contra. Los representantes del opositor Fidesz no participaron en la votación en protesta por la finalización anticipada del mandato del anterior presidente, Tamás Sulyok. Baka deberá asumir oficialmente el cargo el 19 de agosto.
La elección de Baka tiene, ante todo, importancia política e institucional. El presidente de Hungría no dirige el Gobierno ni determina la política económica o exterior del país, pero puede desempeñar el papel de contrapeso constitucional frente a la mayoría parlamentaria y el Consejo de Ministros. Esta función adquiere especial importancia ahora, cuando el partido Tisza del primer ministro Péter Magyar dispone de una mayoría constitucional en el Parlamento y lleva a cabo cambios de gran alcance en las instituciones configuradas durante el mandato de Orbán.
Baka encaja bien en esta construcción política. Entre 1991 y 2008 fue juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, y en 2009 el Parlamento lo eligió presidente del Tribunal Supremo de Hungría. Su mandato fue finalizado anticipadamente a comienzos de 2012 después de que criticara públicamente las reformas judiciales del Gobierno de Orbán. Posteriormente, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos determinó que se habían vulnerado su derecho de acceso a un tribunal y su libertad de expresión.
Por ello, el regreso de Baka a uno de los cargos públicos más altos casi 15 años después tiene un significado claramente simbólico. Demuestra la intención de las nuevas autoridades de distanciarse del modelo institucional de la época de Orbán y, al mismo tiempo, convertir la independencia del sistema judicial en uno de los temas centrales de la transformación política.
«Para la sociedad húngara, esto es mucho más que un cambio ordinario de presidente. Después de dieciséis años de dominio de una sola fuerza política, cualquier reestructuración a gran escala de las instituciones estatales es percibida inevitablemente de distintas maneras por la sociedad. Para los partidarios de los cambios, es una oportunidad de restablecer el sistema de controles y contrapesos, mientras que, para una parte considerable de los partidarios de Fidesz, lo que está sucediendo puede parecer una revancha política de las nuevas autoridades», considera Oleksandr Poznii, experto del centro analítico Experts Club, cofundador y director de la empresa de investigación Active Group.
Según Poznii, la prueba clave será la capacidad de las nuevas instituciones para demostrar una independencia real respecto del Gobierno de Péter Magyar.
«La principal tarea de Baka es no convertirse en el presidente del partido vencedor. Si el nuevo jefe de Estado realmente logra distanciarse del Gobierno y actuar como árbitro entre los distintos grupos políticos, será una señal importante para la sociedad. De lo contrario, Hungría corre el riesgo de obtener no el desmantelamiento del anterior modelo de concentración del poder, sino simplemente un cambio de la fuerza política que controla ese modelo», señala Poznii.
El sociólogo también llama la atención sobre la elevada polarización política de la sociedad húngara. En tal situación, la importancia del cargo presidencial no está determinada tanto por el alcance de sus facultades formales como por la confianza que los distintos grupos de la población depositan en el jefe de Estado.
«En los países con una fuerte polarización política, las instituciones simbólicas pueden tener una importancia mucho mayor de lo que parece a partir del texto de la Constitución. El presidente puede no dirigir la economía ni la política exterior, pero es capaz de reducir el nivel de conflicto en la sociedad o, por el contrario, convertirse en otro participante de ese conflicto. Por ello, el principal indicador del éxito de Baka no será el número de leyes bloqueadas, sino si podrá ser percibido como el presidente de todos los húngaros», subrayó Poznii.
El propio Baka declaró tras su elección que, bajo las anteriores autoridades, el sistema de controles y contrapesos había dejado de funcionar de hecho. Sin embargo, destacó que los cambios políticos no debían convertirse en una venganza contra los partidarios del anterior Gobierno. También manifestó su intención de representar a los ciudadanos con diferentes opiniones políticas.
Hungría es una república parlamentaria, por lo que el centro real del poder ejecutivo no se encuentra en el palacio presidencial, sino en el Gobierno.
De acuerdo con la Ley Fundamental de Hungría, el presidente es el jefe de Estado, personifica la unidad de la nación y debe velar por el funcionamiento democrático de las instituciones estatales. Al mismo tiempo, el presidente no posee un poder ejecutivo propio ni dirige los ministerios.
No obstante, sus facultades van más allá de las funciones exclusivamente ceremoniales. El presidente firma las leyes aprobadas por el Parlamento y, antes de firmarlas, puede devolver una ley una vez a los diputados para que la examinen de nuevo. Si considera que un documento contradice la Ley Fundamental, puede remitirlo al Tribunal Constitucional.
Después de las elecciones parlamentarias, el presidente propone al Parlamento un candidato al cargo de primer ministro. Asimismo, nombra formalmente a los ministros a propuesta del jefe del Gobierno, desempeña una serie de funciones relacionadas con el nombramiento de cargos y la representación, y representa al Estado húngaro en las relaciones exteriores.
De este modo, el jefe de Estado puede ralentizar determinadas decisiones de la mayoría parlamentaria o iniciar su revisión constitucional, pero no puede determinar de forma independiente el rumbo político del país.
El primer ministro, por el contrario, es el jefe de facto del poder ejecutivo. El Gobierno es el principal órgano del poder ejecutivo y de la administración pública, mientras que el primer ministro determina su rumbo político general. Es precisamente el primer ministro quien forma el equipo gubernamental, dirige el trabajo del gabinete y, mediante la mayoría parlamentaria, aplica las principales decisiones presupuestarias, económicas, sociales y de política exterior.
Por ello, la principal figura política de Hungría sigue siendo Péter Magyar, quien llegó al poder tras la victoria de Tisza en las elecciones parlamentarias de abril. El partido obtuvo dos tercios de los escaños del Parlamento, poniendo fin a los 16 años de gobierno ininterrumpido de Orbán.
Tras llegar al poder, Magyar comenzó a promover la sustitución de los dirigentes de varias instituciones estatales vinculadas al anterior sistema de poder. Uno de los episodios más destacados fue la finalización anticipada del mandato del presidente Tamás Sulyok.
Para las nuevas autoridades, la elección de Baka es especialmente simbólica debido a su prolongado conflicto con el sistema de Orbán. El expresidente del Tribunal Supremo regresa de hecho a la más alta política estatal después de la derrota de la fuerza política bajo cuyo mandato perdió su cargo judicial.
Al mismo tiempo, es precisamente aquí donde surge uno de los principales riesgos del nuevo sistema político húngaro. Tisza dispone de una mayoría constitucional y, por tanto, posee posibilidades excepcionalmente amplias para modificar las leyes y las instituciones. Por ello, las nuevas autoridades deben desmantelar simultáneamente los mecanismos creados bajo Orbán y demostrar que no los sustituyen por su propio control partidista.
En esto consiste la paradoja de la nueva construcción húngara: Magyar ha obtenido una posición extraordinariamente fuerte gracias a la mayoría parlamentaria, mientras que Baka debe personificar la limitación de una concentración excesiva del poder.
Para el público ucraniano, la transformación húngara también tiene importancia en materia de política exterior. Tras la derrota de Orbán, la posición de Budapest respecto a Ucrania se volvió menos confrontativa, aunque Magyar no se presenta como un partidario incondicional de Kyiv y continúa vinculando parte de las cuestiones bilaterales con la situación de la minoría húngara en Transcarpatia.
Por ello, el criterio definitivo del cambio de época política en Hungría no será únicamente la salida de los funcionarios de la época de Orbán, sino también si las nuevas autoridades logran formar un sistema de instituciones que pueda funcionar independientemente de qué partido controle el Parlamento y el Gobierno.