Según informa Experts.news, es probable que el organismo humano no envejezca a un ritmo constante: varios estudios a gran escala realizados en los últimos años han revelado períodos de reestructuración especialmente intensa de las proteínas, los metabolitos, el sistema inmunitario y otros indicadores moleculares en la mediana edad y la vejez. Sin embargo, la conclusión ampliamente extendida sobre dos «saltos de envejecimiento» concretos, aproximadamente a los 44 y a los 60 años, debe ahora revisarse.
Un estudio de científicos de la Universidad de Stanford, publicado en la revista Nature Aging el 14 de agosto de 2024, analizó a 108 personas de entre 25 y 75 años. Los investigadores recogieron muestras de sangre, del microbioma y otros biomateriales cada pocos meses y estudiaron hasta diez tipos de datos moleculares, desde la transcriptómica y la proteómica hasta la metabolómica, la lipidómica y las citoquinas. El análisis inicial reveló dos períodos de cambios más pronunciados, aproximadamente a los 44 y a los 60 años.
Alrededor de los 44 años, se observaron cambios especialmente notables en los procesos relacionados con el metabolismo de los lípidos y del alcohol, el sistema cardiovascular, la piel y los músculos. Alrededor de los 60 años, los autores observaron cambios en la regulación inmunitaria, el metabolismo de los hidratos de carbono, la función renal y una serie de procesos metabólicos.
Sin embargo, el 15 de julio de 2026, *Nature Aging* añadió una advertencia editorial especial a la publicación. Tras una revisión adicional por parte de los autores e investigadores independientes, se puso en duda la fiabilidad de parte del análisis utilizado para identificar los picos de cambios moleculares en períodos de edad concretos. Los autores, junto con la redacción, siguen evaluando el alcance del problema y las posibles correcciones.
Esto significa que la afirmación de que «el ser humano envejece bruscamente precisamente a los 44 y a los 60 años» no puede considerarse, por el momento, un hecho científico contrastado.
No obstante, la conclusión más general de que el envejecimiento biológico puede producirse de forma desigual se ve respaldada por una serie de estudios independientes.
Ya en 2019, unos científicos que analizaron 2 925 proteínas del plasma sanguíneo de 4 263 personas de entre 18 y 95 años detectaron cambios no lineales en el proteoma y tres períodos de reestructuración intensificada: aproximadamente a los 34, 60 y 78 años. El trabajo se publicó en *Nature Medicine*.
Los autores de este último estudio explicaron la diferencia entre el primer pico y el trabajo posterior de Stanford, en particular, por los distintos métodos de medición de proteínas y el diferente rango de edad de los participantes. No obstante, ambos trabajos señalaban cambios pronunciados aproximadamente a los 60 años.
Otro resultado importante se publicó en 2025.
Un estudio publicado en la revista *Cell* creó un atlas proteómico a gran escala del envejecimiento de diversos tejidos humanos. Los científicos descubrieron que los cambios en la composición proteica de la mayoría de los órganos estudiados se aceleraban notablemente alrededor de los 50 años, especialmente en el rango de edad de 45 a 55 años. Los vasos sanguíneos resultaron ser uno de los tejidos más sensibles a la edad.
De este modo, este trabajo también respalda la idea de que existe un periodo de reestructuración biológica acelerada en la mediana edad, aunque no confirma concretamente la edad de 44 años.
Los autores desarrollaron «relojes proteómicos» específicos para diferentes tejidos, ya que los órganos de una misma persona pueden envejecer a ritmos distintos. Esto concuerda con la concepción actual de la edad biológica como un proceso heterogéneo, en el que el estado del corazón, los vasos sanguíneos, el hígado, los riñones u otros sistemas no coincide necesariamente con la edad cronológica de la persona.
Ya en 2026 se dispuso de datos adicionales. En marzo, los investigadores publicaron en la revista *Cell Metabolism* un análisis de las proteínas plasmáticas de 50 506 participantes del UK Biobank. Estudiaron 2 911 proteínas e identificaron 1 339 proteínas relacionadas con los signos de fragilidad senil.
Al analizar los cambios con la edad, los científicos obtuvieron un panorama en dos fases: los períodos más marcados de reestructuración proteómica, relacionados con la fragilidad del organismo, se observaron aproximadamente a los 50 y a los 63 años.
Esto resulta especialmente interesante si se compara con estudios anteriores: aunque las cifras exactas varían, varios conjuntos de datos independientes vuelven a señalar una edad media de entre 45 y 55 años y el periodo posterior a los 60 años como etapas de una reestructuración molecular significativa del organismo.
Un importante estudio publicado en *Nature Medicine* analizó los datos de 45 441 participantes del UK Biobank y 2 897 proteínas plasmáticas, tras lo cual los científicos construyeron un «reloj de envejecimiento» proteómico.
Se descubrió que la diferencia entre la edad proteómica y la edad cronológica está relacionada con el riesgo posterior de padecer enfermedades y de fallecer. Una edad biológica calculada más elevada se asoció, en particular, con el riesgo de demencia, la enfermedad de Alzheimer, la enfermedad renal crónica, la cardiopatía isquémica y la diabetes de tipo 2, incluso tras tener en cuenta una serie de otros factores de riesgo.
El estudio corrobora una idea más amplia: lo importante no es tanto una fecha concreta de nacimiento, a partir de la cual una persona supuestamente comienza a envejecer más rápido, sino la velocidad individual a la que se producen los cambios en los distintos sistemas del organismo.
El trabajo inicial de la Universidad de Stanford presentaba varias limitaciones importantes, que los propios autores ya habían señalado antes de que se publicara la advertencia editorial.
En el estudio solo participaron 108 personas, y en el grupo de entre 25 y 40 años solo había ocho participantes. La mediana del periodo de seguimiento fue de tan solo 1,7 años, aunque el periodo más largo alcanzó los 6,8 años.
Por lo tanto, una parte considerable de las diferencias relacionadas con la edad se determinó, de hecho, comparando a personas de diferentes edades, y no observando cómo los mismos participantes alcanzaban los 40, 50 o 60 años. Los autores señalaron expresamente esta particularidad del estudio y las limitaciones a la hora de extrapolar los resultados a toda la población.
Tras la advertencia editorial de *Nature Aging*, esta limitación cobra especial relevancia.
El conjunto de los estudios no permite, por el momento, establecer una edad universal en la que el organismo de cada persona experimente un determinado «salto de envejecimiento».
Diversos estudios han detectado los cambios más pronunciados aproximadamente a los 34, 44, 50, 60, 63 y 78 años, si bien el resultado dependía de las moléculas estudiadas, los tejidos, los métodos de análisis y la composición de los participantes.
No obstante, el patrón que se repite en varios trabajos independientes apunta a dos períodos bastante amplios de reestructuración biológica intensificada: la mediana edad —aproximadamente entre los 45 y los 55 años— y el inicio de la vejez, a partir de los 60 años.
Por lo tanto, la conclusión más acertada de los estudios actuales no es que una persona «envejezca de golpe» en un año concreto de su vida, sino que la velocidad del envejecimiento molecular y funcional de los distintos sistemas del organismo varía con el tiempo y difiere considerablemente de una persona a otra.
Los estudios sobre el reloj biológico constituyen una confirmación adicional de la relevancia clínica de este enfoque: la edad molecular puede diferir notablemente de la edad cronológica y, en varias cohortes de gran tamaño, está relacionada con el riesgo futuro de padecer enfermedades crónicas y de mortalidad.