Según informa Experts.news, la interacción habitual con la inteligencia artificial y los robots sociales podría influir gradualmente en la forma en que las personas se comunican, se perciben a sí mismas y moldean su comportamiento, según un estudio realizado por científicos del Reino Unido, Dinamarca y Suecia, publicado el 19 de agosto de 2026 en la revista AI & Society.
Los autores del estudio, de la Universidad de Birmingham, la Universidad de Aarhus y la Universidad de Linnaeus, han acuñado el término «robotoid humanness» —«humanidad robotoide»—. Con este término, los investigadores se refieren a un posible proceso en el que una persona, a través de una interacción repetida con la IA, comienza a adaptar su propio comportamiento a la lógica de la máquina, volviéndose más predecible, estandarizada y fácil de procesar algorítmicamente.
Este efecto podría ser especialmente notable en el sector de los servicios, donde la IA ya se utiliza en el comercio, la hostelería, el turismo y la sanidad. Los asistentes digitales y los robots actuales imitan el lenguaje humano y las señales emocionales, y personalizan sus respuestas para generar confianza y facilitar la interacción con el cliente.
Los investigadores sugieren que este proceso puede ser bidireccional. Las máquinas se parecen cada vez más a las personas, pero también el ser humano puede adoptar inconscientemente rasgos de la comunicación con la máquina.
«El consumidor actúa, el robot responde y, a través de una interacción repetida, la persona acaba asimilando con el tiempo este modelo de comunicación», explica una de las autoras del estudio, Selchen Öztürkjan, de la Universidad de Linnaeus. Según ella, la tendencia natural de las personas a imitar el comportamiento de su interlocutor puede llevar a que los usuarios empiecen a reproducir los rasgos comunicativos de la IA.
Los autores describen un mecanismo de tres etapas. En un primer momento, la persona empieza a percibir la interacción con la IA como algo social. A continuación, el algoritmo crea un modelo digital simplificado del usuario y se lo devuelve en forma de respuestas personalizadas. Posteriormente, el usuario puede ir adaptando poco a poco su autopresentación y su comportamiento a aquellas formas que el sistema reconoce y fomenta con mayor facilidad.
Los científicos señalan como uno de los riesgos la formación de una especie de retroalimentación, en la que el algoritmo confirma constantemente las características del usuario que ya le son conocidas. A diferencia de la comunicación con personas, en la que el interlocutor puede contradecir inesperadamente, malinterpretar u ofrecer un punto de vista completamente diferente, los sistemas algorítmicos suelen estar configurados para la coherencia, la comodidad y la personalización. Esto podría reforzar potencialmente las opiniones existentes y reducir la diversidad de formas de autoexpresión.
No obstante, los autores subrayan una importante limitación del trabajo: se trata de un estudio teórico, no de un experimento con usuarios. Los científicos aún no han demostrado que la interacción prolongada con ChatGPT, los robots u otros sistemas de inteligencia artificial realmente haga que las personas se vuelvan más «robotizadas». El concepto propuesto debe ser verificado en futuros estudios empíricos.
El artículo científico «Robotoid humanness: when selfhood becomes machine-legible» se publicó el 19 de agosto de 2026 en la revista AI & Society. El artículo de ScienceAlert, que llamó la atención sobre el estudio, se publicó el 31 de agosto.
Según informa Experts.news, es probable que el organismo humano no envejezca a un ritmo constante: varios estudios a gran escala realizados en los últimos años han revelado períodos de reestructuración especialmente intensa de las proteínas, los metabolitos, el sistema inmunitario y otros indicadores moleculares en la mediana edad y la vejez. Sin embargo, la conclusión ampliamente extendida sobre dos «saltos de envejecimiento» concretos, aproximadamente a los 44 y a los 60 años, debe ahora revisarse.
Un estudio de científicos de la Universidad de Stanford, publicado en la revista Nature Aging el 14 de agosto de 2024, analizó a 108 personas de entre 25 y 75 años. Los investigadores recogieron muestras de sangre, del microbioma y otros biomateriales cada pocos meses y estudiaron hasta diez tipos de datos moleculares, desde la transcriptómica y la proteómica hasta la metabolómica, la lipidómica y las citoquinas. El análisis inicial reveló dos períodos de cambios más pronunciados, aproximadamente a los 44 y a los 60 años.
Alrededor de los 44 años, se observaron cambios especialmente notables en los procesos relacionados con el metabolismo de los lípidos y del alcohol, el sistema cardiovascular, la piel y los músculos. Alrededor de los 60 años, los autores observaron cambios en la regulación inmunitaria, el metabolismo de los hidratos de carbono, la función renal y una serie de procesos metabólicos.
Sin embargo, el 15 de julio de 2026, *Nature Aging* añadió una advertencia editorial especial a la publicación. Tras una revisión adicional por parte de los autores e investigadores independientes, se puso en duda la fiabilidad de parte del análisis utilizado para identificar los picos de cambios moleculares en períodos de edad concretos. Los autores, junto con la redacción, siguen evaluando el alcance del problema y las posibles correcciones.
Esto significa que la afirmación de que «el ser humano envejece bruscamente precisamente a los 44 y a los 60 años» no puede considerarse, por el momento, un hecho científico contrastado.
No obstante, la conclusión más general de que el envejecimiento biológico puede producirse de forma desigual se ve respaldada por una serie de estudios independientes.
Ya en 2019, unos científicos que analizaron 2 925 proteínas del plasma sanguíneo de 4 263 personas de entre 18 y 95 años detectaron cambios no lineales en el proteoma y tres períodos de reestructuración intensificada: aproximadamente a los 34, 60 y 78 años. El trabajo se publicó en *Nature Medicine*.
Los autores de este último estudio explicaron la diferencia entre el primer pico y el trabajo posterior de Stanford, en particular, por los distintos métodos de medición de proteínas y el diferente rango de edad de los participantes. No obstante, ambos trabajos señalaban cambios pronunciados aproximadamente a los 60 años.
Otro resultado importante se publicó en 2025.
Un estudio publicado en la revista *Cell* creó un atlas proteómico a gran escala del envejecimiento de diversos tejidos humanos. Los científicos descubrieron que los cambios en la composición proteica de la mayoría de los órganos estudiados se aceleraban notablemente alrededor de los 50 años, especialmente en el rango de edad de 45 a 55 años. Los vasos sanguíneos resultaron ser uno de los tejidos más sensibles a la edad.
De este modo, este trabajo también respalda la idea de que existe un periodo de reestructuración biológica acelerada en la mediana edad, aunque no confirma concretamente la edad de 44 años.
Los autores desarrollaron «relojes proteómicos» específicos para diferentes tejidos, ya que los órganos de una misma persona pueden envejecer a ritmos distintos. Esto concuerda con la concepción actual de la edad biológica como un proceso heterogéneo, en el que el estado del corazón, los vasos sanguíneos, el hígado, los riñones u otros sistemas no coincide necesariamente con la edad cronológica de la persona.
Ya en 2026 se dispuso de datos adicionales. En marzo, los investigadores publicaron en la revista *Cell Metabolism* un análisis de las proteínas plasmáticas de 50 506 participantes del UK Biobank. Estudiaron 2 911 proteínas e identificaron 1 339 proteínas relacionadas con los signos de fragilidad senil.
Al analizar los cambios con la edad, los científicos obtuvieron un panorama en dos fases: los períodos más marcados de reestructuración proteómica, relacionados con la fragilidad del organismo, se observaron aproximadamente a los 50 y a los 63 años.
Esto resulta especialmente interesante si se compara con estudios anteriores: aunque las cifras exactas varían, varios conjuntos de datos independientes vuelven a señalar una edad media de entre 45 y 55 años y el periodo posterior a los 60 años como etapas de una reestructuración molecular significativa del organismo.
Un importante estudio publicado en *Nature Medicine* analizó los datos de 45 441 participantes del UK Biobank y 2 897 proteínas plasmáticas, tras lo cual los científicos construyeron un «reloj de envejecimiento» proteómico.
Se descubrió que la diferencia entre la edad proteómica y la edad cronológica está relacionada con el riesgo posterior de padecer enfermedades y de fallecer. Una edad biológica calculada más elevada se asoció, en particular, con el riesgo de demencia, la enfermedad de Alzheimer, la enfermedad renal crónica, la cardiopatía isquémica y la diabetes de tipo 2, incluso tras tener en cuenta una serie de otros factores de riesgo.
El estudio corrobora una idea más amplia: lo importante no es tanto una fecha concreta de nacimiento, a partir de la cual una persona supuestamente comienza a envejecer más rápido, sino la velocidad individual a la que se producen los cambios en los distintos sistemas del organismo.
El trabajo inicial de la Universidad de Stanford presentaba varias limitaciones importantes, que los propios autores ya habían señalado antes de que se publicara la advertencia editorial.
En el estudio solo participaron 108 personas, y en el grupo de entre 25 y 40 años solo había ocho participantes. La mediana del periodo de seguimiento fue de tan solo 1,7 años, aunque el periodo más largo alcanzó los 6,8 años.
Por lo tanto, una parte considerable de las diferencias relacionadas con la edad se determinó, de hecho, comparando a personas de diferentes edades, y no observando cómo los mismos participantes alcanzaban los 40, 50 o 60 años. Los autores señalaron expresamente esta particularidad del estudio y las limitaciones a la hora de extrapolar los resultados a toda la población.
Tras la advertencia editorial de *Nature Aging*, esta limitación cobra especial relevancia.
El conjunto de los estudios no permite, por el momento, establecer una edad universal en la que el organismo de cada persona experimente un determinado «salto de envejecimiento».
Diversos estudios han detectado los cambios más pronunciados aproximadamente a los 34, 44, 50, 60, 63 y 78 años, si bien el resultado dependía de las moléculas estudiadas, los tejidos, los métodos de análisis y la composición de los participantes.
No obstante, el patrón que se repite en varios trabajos independientes apunta a dos períodos bastante amplios de reestructuración biológica intensificada: la mediana edad —aproximadamente entre los 45 y los 55 años— y el inicio de la vejez, a partir de los 60 años.
Por lo tanto, la conclusión más acertada de los estudios actuales no es que una persona «envejezca de golpe» en un año concreto de su vida, sino que la velocidad del envejecimiento molecular y funcional de los distintos sistemas del organismo varía con el tiempo y difiere considerablemente de una persona a otra.
Los estudios sobre el reloj biológico constituyen una confirmación adicional de la relevancia clínica de este enfoque: la edad molecular puede diferir notablemente de la edad cronológica y, en varias cohortes de gran tamaño, está relacionada con el riesgo futuro de padecer enfermedades crónicas y de mortalidad.
La Generación Z podría convertirse en la primera generación en muchas décadas cuyos resultados en algunas pruebas de capacidad cognitiva sean peores que los de sus predecesores. Así lo indican estudios realizados en EE. UU. y Europa, pruebas educativas internacionales y datos sobre el denominado «efecto Flynn inverso».
El debate se ha reavivado tras la publicación, en el portal de divulgación científica RathBiotaClan, del artículo «¿Es la Generación Z la primera generación menos inteligente que sus padres?». Su autor, Shibasis Rath, ha recopilado estudios que apuntan a un descenso en los resultados en determinados indicadores: el razonamiento matemático y verbal, la capacidad de concentración, la memoria y la resolución de problemas.
Uno de los motivos que impulsó la publicación fueron las audiencias de la Comisión del Senado de los Estados Unidos sobre Comercio, Ciencia y Transporte, celebradas el 15 de enero de 2026. El neurobiólogo y especialista en educación Jared Kuni Horvath presentó a los senadores datos que indican que, en las últimas dos décadas, en varios países desarrollados se ha observado un estancamiento o un descenso en los indicadores de alfabetización, habilidades matemáticas, atención y capacidad de razonamiento complejo.
Durante la mayor parte del siglo XX, los resultados de las pruebas de inteligencia mejoraron de forma constante de una generación a otra. Este fenómeno se denominó «efecto Flynn». Este aumento se atribuía a la mejora de la nutrición y la atención sanitaria, a la ampliación del acceso a la educación, a la reducción del número de hijos por familia y a la mayor complejidad del entorno en el que las personas crecen y trabajan.
Sin embargo, en algunos países desarrollados este proceso se ralentizó en un primer momento y, posteriormente, cambió de rumbo.
Uno de los estudios más conocidos lo llevaron a cabo los científicos noruegos Bernt Bratsberg y Ole Røgeberg. En un trabajo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences en 2018, utilizaron datos sobre el reclutamiento militar y registros administrativos de varias décadas. La comparación entre hermanos dentro de las mismas familias permitió a los autores llegar a la conclusión de que tanto el aumento inicial como la posterior caída de los resultados están relacionados en gran medida con cambios en el entorno, y no con cambios genéticos en la población.
En julio de 2026, Bratsberg y sus colegas publicaron en PNAS un nuevo estudio basado en datos de 579 379 hombres noruegos nacidos entre 1967 y 1991. Este reveló que la expansión de la educación secundaria pudo enmascarar durante un tiempo una tendencia negativa más generalizada en los resultados de las pruebas cognitivas. Una vez que se ralentizó el aumento de la cobertura educativa, el descenso se hizo más evidente en los distintos grupos sociales.
Los datos estadounidenses ofrecen un resultado similar, aunque más complejo.
Investigadores de la Universidad del Noroeste analizaron los resultados de 394 378 estadounidenses que realizaron pruebas en línea en el marco del proyecto SAPA entre 2006 y 2018. Los resultados en pensamiento verbal, tareas matriciales y secuencias numéricas empeoraron con el tiempo. En cambio, el razonamiento espacial, por el contrario, mejoró.
Por eso precisamente una de las autoras del estudio, Elizabeth Dvorak, advirtió contra la afirmación de que los estadounidenses simplemente «se están volviendo más tontos». Según ella, el cambio en los resultados de las pruebas no implica necesariamente un cambio correspondiente en la capacidad intelectual general. Puede reflejar un cambio en las habilidades, la motivación, la educación o la capacidad para resolver un tipo concreto de tareas de las pruebas.
Esta advertencia es de vital importancia también para evaluar a la generación Z. Los jóvenes de hoy en día pueden obtener peores resultados en algunos tipos de tareas cognitivas y, al mismo tiempo, mejores en otros, por ejemplo, al procesar información visual o al utilizar herramientas digitales.
Otra fuente importante de datos es el programa internacional PISA de la OCDE, en el que se evalúan los conocimientos y la capacidad de aplicarlos en alumnos de 15 años.
Entre PISA 2018 y PISA 2022, la puntuación media en matemáticas en los países de la OCDE descendió en una cifra récord de 15 puntos, y en lectura, en 10 puntos. Sin embargo, los resultados en ciencias naturales no han variado de forma significativa. La OCDE destaca que el empeoramiento de los resultados en lectura ya había comenzado antes de la pandemia de COVID-19, por lo que no es posible explicar toda esta tendencia únicamente por el cierre de los colegios en los años 2020-2021.
Al mismo tiempo, la propia OCDE no reduce el problema a los teléfonos inteligentes o los ordenadores. La organización señala que las causas del descenso de los resultados educativos son numerosas y que el uso adecuado de las tecnologías digitales por parte del profesorado puede, por el contrario, contribuir al desarrollo de la alfabetización digital y la capacidad de evaluar críticamente la información.
Es aquí donde comienza la parte más controvertida del debate.
Horvat relaciona el empeoramiento de algunos indicadores con la rápida penetración de los portátiles, las tabletas y otros dispositivos digitales en el ámbito educativo. En su declaración escrita ante el Senado se afirma que un uso excesivo de las pantallas en el aprendizaje puede mermar la concentración, la profundidad en el procesamiento de la información y la memorización, especialmente si la tecnología digital se limita a sustituir la enseñanza tradicional sin ofrecer una metodología pedagógica mejorada.
Sin embargo, a partir de los datos disponibles no se puede concluir que los teléfonos inteligentes sean la única causa, ni siquiera la principal y demostrada, del efecto Flynn inverso.
Los resultados pueden verse influidos simultáneamente por la calidad de la educación escolar, los cambios en los planes de estudios, el entorno social, la pandemia, el sueño, la actividad física, la alimentación, los hábitos de consumo de información y los cambios en la motivación para realizar pruebas estandarizadas.
Por lo tanto, es más correcto hablar no de una «caída demostrada de la inteligencia de la generación Z», sino de una disminución observada en los resultados de una serie de indicadores cognitivos y educativos en varios países desarrollados.
Incluso esta formulación más cautelosa tiene una gran importancia económica.
Las habilidades para leer textos complejos, el análisis matemático, la concentración y la resolución de problemas no estándar influyen directamente en el capital humano. En el contexto de la expansión de la inteligencia artificial, la importancia de estas habilidades no solo no disminuirá, sino que aumentará: el ser humano no solo debe obtener una respuesta preparada de la máquina, sino también evaluar su corrección, detectar errores y formular por sí mismo tareas complejas.
Si la disminución de determinados indicadores cognitivos es realmente de carácter persistente, las consecuencias pueden manifestarse en la productividad laboral, la calidad de la formación profesional, la capacidad para dominar profesiones complejas y el potencial innovador de la economía.
Pero también existe la posibilidad contraria: el entorno digital no reduce tanto el intelecto como cambia la estructura de las habilidades, haciendo que algunas formas de procesamiento de la información sean menos demandadas y desarrollando otras. Esta es precisamente la cuestión que hoy en día sigue abierta.
El material de RathBiotaClan resulta útil, ante todo, como una revisión de divulgación científica que reúne en un solo lugar varios estudios y ponencias públicas de Jared Kuni Horvath. La propia RathBiotaClan se posiciona como una plataforma india de educación científica y medios de comunicación, registrada en la India como «micro services enterprise» en el sistema MSME/Udyam. El fundador del recurso, Shibasis Rath, se especializa en la divulgación de investigaciones en el ámbito de la biología y las ciencias afines.
RathBiotaClan no es una revista científica revisada por pares. Por lo tanto, es más adecuado utilizar su publicación como punto de partida, y no como prueba independiente de que la generación Z se haya vuelto menos intelectual.
Las fuentes primarias más importantes para este tema son los estudios publicados en PNAS y en la revista Intelligence, las estadísticas del PISA de la OCDE y los materiales de las audiencias del Senado de los Estados Unidos. Son precisamente estas fuentes las que permiten verificar las principales afirmaciones de la popular publicación.
DIGITALIZACIÓN, educación, generación Z, inteligencia, investigación
Las autoridades turcas han iniciado el procedimiento para anular la nacionalidad de 687 extranjeros que, según la investigación, obtuvieron pasaportes turcos mediante transacciones inmobiliarias ficticias e informes de tasación falsos. La fuente original de la información fue una declaración del ministro de Justicia turco, Akin Gürlek, publicada el 4 de agosto de 2026. La operación fue coordinada por la Oficina de Investigación del Crimen Organizado de la Fiscalía General de Estambul. Las actuaciones de investigación se llevaron a cabo simultáneamente en 16 provincias del país.
Según los datos de la investigación, los participantes en la trama adquirían inmuebles relativamente económicos y, a continuación, mediante informes periciales falsos, inflaran artificialmente su valor hasta alcanzar el umbral mínimo necesario para obtener la ciudadanía turca. Las transacciones iban acompañadas de transferencias bancarias ficticias que simulaban la entrada de inversiones.
Como resultado, según las estimaciones de las autoridades turcas, no entraron en el país unos 2 500 millones de liras turcas —aproximadamente 52 millones de dólares— que deberían haber sido invertidos por los solicitantes extranjeros.
En el marco de la investigación se han dictado órdenes de detención contra 90 personas, de las cuales 72 sospechosos ya han sido detenidos. El Estado ha puesto bajo control siete empresas que podrían estar relacionadas con la trama. Asimismo, se han embargado 1 045 mil inmuebles, un hotel en Bodrum, 15 vehículos, un yate y fondos en diez cuentas bancarias.
Es importante señalar que, por el momento, no se trata de una retirada automática e inmediata de los pasaportes, sino del inicio de un procedimiento judicial. La ciudadanía se anulará tras confirmarse que un solicitante concreto la obtuvo sobre la base de documentos falsos o de una transacción que no cumplía los requisitos legales.
El programa de ciudadanía por inversión está en vigor en Turquía desde 2017. En la actualidad, un extranjero puede solicitar el pasaporte del país mediante la compra de un inmueble por un valor mínimo de 400 000 dólares. El inmueble no puede venderse durante tres años, su valor debe ser certificado por una empresa de tasación autorizada y el pago debe realizarse a través del sistema bancario. Las opciones alternativas prevén inversiones o depósitos bancarios a partir de 500 000 dólares.
El Ministerio de Justicia, la Fiscalía de Estambul y los medios de comunicación turcos aún no han revelado de qué países eran originariamente los 687 implicados. Sin embargo, los datos sobre antiguos participantes en el programa de inversión y compradores extranjeros de inmuebles en Turquía permiten identificar los grupos que, potencialmente, podrían haber recurrido con mayor frecuencia a este tipo de servicios.
Entre 2018 y 2021, unos 19 600 extranjeros obtuvieron la ciudadanía turca a través del programa de inversión. Entre los principales países de origen de los solicitantes se mencionaban Irán, Irak, Afganistán y Rusia, y a partir de 2022 los ciudadanos ucranianos y rusos aumentaron considerablemente la compra de inmuebles en Turquía y se convirtieron en los grupos más destacados de solicitantes de la ciudadanía por inversión.
Según las estadísticas oficiales del Instituto Turco de Estadística (TÜİK), en 2025 los rusos compraron en Turquía 3.649 viviendas, los ciudadanos iraníes, 1.878, y los ucranianos, 1.541. Fueron precisamente estos tres países los que ocuparon los primeros puestos entre los compradores extranjeros de viviendas turcas. La tendencia se mantuvo también en 2026. En junio, los ciudadanos rusos adquirieron 381 viviendas, mientras que los ucranianos y los iraníes compraron 170 cada uno.
A la luz de estos datos, lo más probable es que, entre los 687 inversores investigados, se encuentren ciudadanos de Rusia, Irán y Ucrania, que figuran al mismo tiempo entre los mayores compradores de inmuebles y los usuarios más activos del programa de ciudadanía por inversión. Asimismo, entre los implicados podrían encontrarse personas procedentes de Irak y Afganistán que se acogieron al programa en años anteriores.
Pueden surgir riesgos adicionales para los cónyuges e hijos de los inversores, si han obtenido la ciudadanía como familiares del solicitante principal. Las autoridades turcas aún no han precisado si dichos familiares se incluyen en la cifra anunciada de 687 personas ni si su situación se revisará automáticamente o mediante procedimientos específicos. Es probable que la investigación dé lugar a un refuerzo de los controles sobre las empresas de tasación, las transferencias bancarias, los intermediarios y el origen de los fondos. Para los nuevos solicitantes, esto puede suponer un plazo de tramitación más largo y requisitos adicionales, pero no implica el cierre del propio programa de ciudadanía por inversión.
Gracias a la participación de Ucrania en el proyecto POLARIN, en el marco del programa «Horizonte Europa», se ponen en marcha dos nuevas investigaciones internacionales en la estación «Académico Vernadsky» y en el rompehielos «Noosfera», según informa el Centro Científico Antártico Nacional (CCAN).
«En la estación «Vernadsky» se investigará la propagación por aerosoles de comunidades microbianas en las regiones polares, en el marco del proyecto MICROAIRPOLAR. El segundo proyecto, TRICUSO-FLOATS, está dedicado al seguimiento del carbono en el Océano Austral; para ello, desde a bordo del rompehielos «Noosfera» se lanzarán seis boyas de argón equipadas con una serie de sensores», reza el comunicado del NANC del martes.
En concreto, en el marco del proyecto MICROAIRPOLAR, que llevan a cabo científicos de la Universidad Autónoma de Madrid (España) y de la Universidad de Northumbria (Reino Unido), se instalará en tres estaciones del Ártico y en otras tres de la Antártida un equipo especial denominado MicroAirCollector para la recogida de muestras de microorganismos del aire. Los científicos llevarán a cabo un análisis genético de las muestras para determinar qué organismos transporta el viento a las regiones polares, y rastrearán las trayectorias de las masas de aire y el movimiento de las bacterias en el Ártico y la Antártida, así como entre ambas regiones.
En el marco del segundo proyecto —TRICUSO-FLOATS—, que llevan a cabo científicos del Centro Oceanográfico Nacional (Reino Unido), el Centro de Investigación de Noruega y la Universidad de la Sorbona (Francia), se realizará un seguimiento del carbono en el Océano Austral. Para ello, desde a bordo del «Noosfera» se lanzarán seis boyas de argón equipadas con una serie de sensores que medirán la alcalinidad total y el contenido de carbono inorgánico disuelto, lo que ayudará a cuantificar la cantidad de carbono que absorbe el Océano Austral.
Ambos estudios comenzarán en la próxima temporada antártica, que dará inicio a finales de 2026.
Asimismo, el CNAS recuerda que POLARIN agrupa a 64 infraestructuras de investigación polar pertenecientes a organizaciones de todo el mundo. MICROAIRPOLAR y TRICUSO-FLOATS son los primeros proyectos ganadores que tendrán acceso al «Vernadsky» y al «Noosfera» en el marco de POLARIN.
«Para Ucrania, este tipo de iniciativas suponen una oportunidad para sumarse a las investigaciones científicas más novedosas y ser un miembro activo de la comunidad polar mundial», concluyen desde el NANC.
Cirujanos e ingenieros de la Universidad de California en San Diego han utilizado por primera vez robots humanoides controlados a distancia para realizar operaciones en animales vivos en el marco de un estudio preclínico.
No se trata de cirugía autónoma: todos los movimientos de los robots fueron controlados por los cirujanos desde una consola. No obstante, el experimento ha supuesto un paso importante para la robótica médica, ya que hasta ahora los robots humanoides no se habían utilizado para realizar procedimientos quirúrgicos completos en seres vivos.
Según datos de la UC San Diego, se realizaron dos operaciones en el marco de un ensayo preclínico, cuyos resultados se publicaron el 8 de julio en la revista *Nature*. En uno de los casos, la operación la llevó a cabo un equipo «humano-robot»: un robot humanoide actuaba bajo el control de un cirujano, mientras que un humano actuaba como asistente. En el segundo caso, la intervención la realizaron dos robots humanoides que trabajaban uno junto al otro. Ambas operaciones se realizaron en cerdos.
Ars Technica precisa que los robots realizaron dos operaciones invasivas de extirpación de la vesícula biliar en cerdos vivos.
Los robots recibieron el nombre de Surgie. A diferencia de los sistemas quirúrgicos especializados, estos sistemas humanoides son más compactos y, en principio, pueden utilizarse en quirófanos convencionales sin necesidad de una remodelación a gran escala de las instalaciones. La UC San Diego señala que Surgie mide aproximadamente 5 pies de altura y pesa unas 60 libras, mientras que las plataformas quirúrgicas robotizadas tradicionales pueden llegar a pesar unas 1 800 libras y requieren un equipo numeroso para su instalación.
Según uno de los autores principales del estudio, el profesor Michael Yip, los robots humanoides controlados a distancia y, en el futuro, autónomos, podrían ampliar el acceso a la atención quirúrgica en regiones donde escasean los médicos y la infraestructura especializada. En la Universidad de California en San Diego consideran que estos sistemas pueden resultar útiles en hospitales rurales, entornos médicos de campaña, zonas de emergencia y otros lugares donde no es posible desplegar rápidamente un centro quirúrgico completo.
No obstante, los investigadores subrayan que la tecnología aún está lejos de su aplicación clínica en seres humanos. Durante las operaciones, hubo que recalibrar a los robots en varias ocasiones, por lo que los procedimientos duraron más tiempo que cuando se utilizan sistemas quirúrgicos especializados. Otro problema es el retraso entre el movimiento del cirujano en la consola y el movimiento del robot, lo cual es especialmente importante para futuras operaciones a distancia.
La importancia principal del experimento no radica en que los robots hayan sustituido a los cirujanos, sino en que, por primera vez, se ha probado una forma humanoide en un entorno quirúrgico real. Los investigadores consideran que, a corto plazo, estas sistemas desempeñarán principalmente un papel de asistentes: podrán ayudar en el quirófano, pasar instrumentos, realizar tareas físicas y, con el tiempo, asumir parte de los procedimientos de teleoperación.
Para el mercado de las tecnologías médicas, esto podría abrir una nueva vía entre los robots quirúrgicos clásicos y las plataformas humanoides universales. Si estos sistemas llegan a ser lo suficientemente precisos, seguros y asequibles, podrán reducir las barreras para la cirugía robótica en hospitales pequeños y en países con recursos limitados.